LA LECCIÓN DE BRASIL

El Senado de Brasil aprobó por 61 votos a 20 la destitución de la Presidenta Dilma Rousseff por ejercer su derecho presidencial a “manipular” las cuentas públicas según las necesidades de cada área. Así pusieron fin a 13 años de gobiernos del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT).

Por Modesto Emilio Guerrero

Este el tercer golpe a un gobierno de los denominados progresistas. El primer caso fue en Honduras en 2008, por una vía más tradicional, militar, con participación directa del Departamento de Estado. El segundo ocurrió en Paraguay en 2012, mediante un mecanismo similar al de Brasil, aunque más grosero, aberrante: el “juicio” sólo duró 28 horas, con una masacre previa (la de los campesinos en Curuguaty), una masacre convertida en pretexto o “casus belis”. La participación del gobierno yanqui fue más indirecta, a través de la multinacional Monsanto y algunos asesores de la Embajada en Asunción. La debilidad social del gobierno de Fernando Lugo facilitó la tarea e hizo innecesaria una intervención mayor de Washington.

Este zarpazo en Brasil contra el Partido de los Trabajadores, es la tercera derrota del progresismo por la vía del ya conocido golpe institucional, en este caso parlamentario.

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Sin duda que este retroceso político, o avance de la derecha, será aprovechado por la oposición venezolana para incentivar, hoy jueves 1º de septiembre, su disputa a muerte con el gobierno heredero de Nicolás Maduro. En Caracas habrá una marcha que promete ser violenta, como casi todas las que protagonizó la derecha venezolana.

Lo mismo vale para Bolivia. Pero ahí deberán esperar porque el gobierno está en uno de esos buenos momentos de todo gobierno progresista. Está bien financiado por exportaciones primarias y sostenido por una población pobre y trabajadora que se identifica con el gobierno de Evo y Linera, sobre la base de un apreciable mejoramiento del standard de vida. El trágico episodio del asesinato del viceministro es una expresión de ese crecimiento económico.

Lamentablemente, ni Evo ni Linera han comprendido que de nada sirve ampliar el consumo (por ejemplo mediante cooperativas multiplicadas por 7 en 6 años y con una capa de mineros “privilegiados” sin ninguna conciencia social o política), si no hay una estrategia de desarrollo de la clase trabajadora como columna vertebral de estos procesos estarán destinados a retroceder a manos de cualquier derecha, tarde o temprano.

Ese es uno de los secretos mejor guardados debajo del desplome del gobierno del PT y Lula-Dilma. Los cuatro gobiernos de ambos ampliaron el consumo y potenciaron la ficción de la “nueva clase media”, en pacto con la gran burguesía paulista y nordestina, relacionada directamente con el capital internacional.

En el mismo lapso, vaciaron los poderosos movimientos sociales brasileños, paralizaron y jerarquizaron mucho más la CUT e impidieron el desarrollo de una clase social poderosa capaz de sostener al gobierno del PT por encima de los vaivenes del precio de las materias primas.

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La historia política del siglo XX ya arrojó sus lecciones sobre este modo de intentar resolver las graves crisis sociales de las que surgen los gobiernos populares, nacionalistas o progresistas. Se puede evadir por un rato la férrea lógica de la lucha de clases y la tendencia imperial al dominio ilimitado. Pero esto nunca resultó como norma histórica. Nadie pudo engañar a la burguesía y menos al imperialismo con pactos truculentos con algunos de sus partidos.

Los costos los pagan caro los de abajo. Como advierte Ítzvan Mészáros “No hay rutas de escape que permitan evasiones conciliatorias”. Las evasiones son muchas, una de ellas es suponer que un pacto gubernamental con un sector de la derecha y la burguesía, servirá para sacar al país de la crisis en la que ellos la dejan cada tanto.

Los poderosos movimientos sociales cargarán sobre sus hombros la responsabilidad de combatir y derrotar al nuevo gobierno neoliberal. Pero este costo era innecesario, también el sacrificio humano de la gente trabajadora que perderá lo poco que obtuvo con el PT.

Brasil, Argentina, Nicaragua, Ecuador y Bolivia, y desde el año 2013 también Venezuela, son la prueba de que no se puede evadir la responsabilidad histórica mediante conciliaciones con la clase dominante.

No otra cosa quiso decir el Che Guevara con aquella declaración de “Al imperialismo ni un tantico así”, o la de Chávez en 2012 “Estado Comunal o nada”.

Shoppenhauer aconsejaba para casos como este: “Ni reír, ni llorar, comprender“. Esa es la lección de Brasil.


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